VIVID AUDIO GIYA G3 Cu: El organismo hecho ciencia
Hoy, viernes 9 de octubre, hemos asistido a la presentación de los altavoces Vivid Audio Giya G3 Cu. Xavier Casellas, de Werner, ha tenido nuevamente la amabilidad de concedernos su tiempo para hablarnos de estos altavoces especiales, acompañándolos de una acertada selección musical que ha puesto sobre la mesa el carácter y el estilo de estos Giya.
El Giya G3 Cu de Vivid Audio —diseñado por Laurence Dickie— es un altavoz de suelo bass-reflex de alta gama, con carga de graves por tubo cónico de disparo posterior. Mide 116 cm de altura y pesa 42 kg. Su configuración es de 4 vías y 5 drivers: un tweeter, un medio-tweeter y un medio de ataque frontal, más dos woofers laterales en posición inferior simétrica. Todo ello envuelto en una estética orgánica y curva muy característica, inspirada en el diseño del Nautilus.
Características técnicas: respuesta de frecuencia de 36 Hz a 33 kHz ±2 dB (33 Hz a 36 kHz a –6 dB), sensibilidad de 87 dB, 800 vatios RMS máximos a 6 Ω (mínimo 4 Ω) y una distorsión armónica total inferior al 0,5 % en toda la banda de frecuencias. Un dato honesto y muy de agradecer.
Todos los drivers son fabricados por Vivid. Emplean un perfil de cúpula catenaria de aluminio-carbono e imanes de polarización radial montados en tubos absorbentes cónicos, que eliminan las resonancias traseras en todos los transductores excepto en los de graves. Monta filtros de cruce Linkwitz-Riley de 4.º orden, normalmente cableados a mano y sin PCB. Su peso es comparativamente menor que el de cualquier altavoz de su clase, sin que por ello resulte menos sólido ni más sensible a las vibraciones. Su coraza acústica, relativamente ligera al estar compuesta por un sándwich de fibra de vidrio reforzada con núcleo de balsa, destaca precisamente por su rigidez y resistencia.
Las opiniones no siempre surgen del consenso. Estos dispositivos tienen una apariencia contracultural que no siempre convence a la comunidad audiófila más ortodoxa. Pero quizá lo que muchos no reparan es que están inspirados en la naturaleza —con un cierto aire pseudo-gaudiano— y que sus formas esconden una funcionalidad comprometida con la búsqueda de la excelencia.
Su diseño sin aristas obedece a la búsqueda de eliminar por completo las interferencias generadas por los límites de la caja. El fenómeno SBIR es prácticamente universal en los altavoces, y se agrava cuando las reflexiones tempranas y tardías se emiten con mayor intensidad desde las esquinas y los paneles paralelos. Esas áreas favorecen las reverberaciones que se funden en una difusa amalgama y empastan el sonido de la sala al rebotar en paredes, suelo y techo.
Según expertos y usuarios —afortunados, cabría decir—, sus virtudes son muchas: ausencia de coloración y resonancias, eliminación de ecos traseros gracias a la canalización de los transductores por tubos cónicos internos y a la estructura orgánica general, una velocidad vertiginosa de respuesta y una pegada en graves directa, incisiva y precisa, sin patinajes cinéticos que añadan nada más de lo que reciben de las etapas de potencia clase D utilizadas en esta ocasión. En suma, un control total.
Y, sobre todo, una recreación del escenario sonoro precisa y dinámica, con una imagen fantasma de instrumentos y voces por encima de lo habitual.
Una distorsión armónica inaudible a más de 85 dB —los que han acariciado mis oídos durante la sesión— indica que sus transductores de graves se mantienen lejos de la tentación de regalar nada más que aquello que reciben. El resultado es una ausencia notable de fatiga auditiva. Eso sí: a estos Giya G2 no les agrada demasiado intimar con el oyente. Un posicionamiento cercano no lo recomendaría. Aunque no son especialmente sensibles, necesitan buenas y potentes riendas para controlar a este pura sangre. Su temperamento requiere aire a su alrededor.
No todo son loas, sin embargo. Al priorizar la neutralidad y la velocidad, algunos les atribuyen el conocido sesgo analítico, alejados de la calidez y de la riqueza de matices tímbricos de las cajas más tradicionales. Mi opinión es algo distinta: mi gusto por la música se basa más en la búsqueda de la transparencia del mensaje que en la comodidad del tono. De todos modos, todo esto es debatible.
Hay también quien echa de menos planos bien diferenciados de los dominios acústicos de cada instrumento y voz. En cierto modo, es renegar de ese “peinado acústico” que se percibe en la naturaleza, donde todo está unido e intersectado, pero nada resulta revuelto ni impreciso. Ese equilibrio natural lo percibo con facilidad en este G2.
En cuanto a su forma y a su precio, unos lo tildan de diseño excéntrico y otros de dispendio excesivo. Les diría, en su descargo, que lo excéntrico es el precio, efectivamente, pero no su forma. Desde la comprensión de la naturaleza, no se puede negar que ella —y su inspiración— es más sabia que todos nosotros.
En suma, me he encontrado con una obra digna de respeto y admiración, tanto por el propósito buscado como por el trabajo técnico puesto para lograrlo. Lo único que lamento es que una excelencia de este nivel siga siendo privilegio de muy pocos.
