El High End de Viena o La tienda de los Juguetes
Aprendí a jugar al ajedrez poco después de cumplir 10 años. Me explicó las reglas Carlitos, el amigo para toda la vida, uno de esos que aunque los pierdas de vista en la adolescencia, pasan a formar parte de tus propios cimientos como persona. Carlitos era, y lo fue después según me consta, una persona con gran creatividad, con él no había concesión al aburrimiento. Así que entre esas reglas del ajedrez había una de cosecha propia que consistía en que si alcanzabas el extremo opuesto del tablero con uno de tus peones podías recuperar una pieza mayor que anteriormente hubieras perdido en la batalla. A ese logro él lo llamaba “Llegar a la tienda de los juguetes”. Todos sabemos qué supone para un niño entrar en una tienda de juguetes, más si hablamos de los años 70, en que esto no era tan habitual. La experiencia se convierte en un mundo de colores, con miles de paletas para escoger entre estanterías y vitrinas, anhelando a cada paso acceder a la siguiente.
Varias décadas después, no encuentro mejor manera para explicar cómo me sentí en la feria del High-End de Viena, a la que asistí hace unos días. La experiencia superó con creces lo que de ella esperaba.
Navegando por youtube, me encontré una vez más con uno de los videos de Josep María, al que sigo de manera habitual. En él proponía una visita conjunta a la feria. Para mí esto era algo fuera de parámetros, un deseo inalcanzable, no tanto por otros condicionantes más que el de proponerle a mi pareja hacer un viaje para semejante propuesta. Nunca me planteé ir a Munich, por eso. Sin embargo, en esta ocasión había un valor añadido, Viena, una ciudad que teníamos en mente visitar algún día. Así que sentados al sol frente al mar, en el paseo marítimo de mi ciudad, la locura sólo de pensarlo parecía menos locura. Mirar el precio de los vuelos y el hotel y comprobar que no eran desproporcionados fue definitivo. En unos minutos teníamos el viaje cerrado.
A partir de ahí, todo fue muy fácil, y no por casualidad. Tanto Josep María como Txell, organizadores del viaje, lo hicieron todo muy fácil para la visita a la feria. Nunca dejaré de estarles agradecido por haber impulsado esta quimera.
Asistí un día entero al evento, desde la apertura hasta el cierre. Y os aseguro que la sensación del niño dentro de una tienda de juguetes, aunque la mayoría inalcanzables, regresó. Las instalaciones son inmensas, mucho más de lo que podríamos haber imaginado. Varios pabellones, el principal con 5 pisos, hicieron de la experiencia un laberinto interminable con secretos por descubrir a cada paso. Tomé la decisión de centrarme casi en exclusiva en los altavoces, sin dejar de admirarme con la presencia de electrónicas y giradiscos fabricados no sólo para el oído, sino también para la vista. El tacto en este caso tuvo que permanecer en barbecho.
Así fue entrando de sala en sala, de escucha en escucha. Intenté centrarme algo más allí donde veía algo que pudiera encajar en mis sala de 30 m², precios aparte. Así, si me encontraba con algún monstruo que me sobrepasase en altura no le daba más que un par de minutos de margen para asombrarme. Un desperdicio, sí, pero era consciente de que no podría acceder a todas las salas en el tiempo disponible, Viena también esperaba para desarrollar el sentido de la vista, el olfato y el gusto. Por cierto, os recomiendo la experiencia en el Musicverein y, sobre todo, ir a la misa de 11 de la iglesia de los Agustinos, siendo creyente o no, a admirar el coro con orquesta que pone los pelos de punta. Pero si os soy sincero, me hubiera quedado a vivir los 4 días en la feria, pero tenía que ser condescendiente con mi pareja, que estaba haciendo un esfuerzo por ver mi ilusión cumplida. Al acabar me confesó que no se aburrió ni un solo minuto en las 8 horas que permaneció allí dentro.
La regla del altavoz de tamaño humano la rompí en el piso menos dos del edificio principal. Ahí se encontraban salas enormes con los altavoces más estrambóticos, grandes y caros de la feria. Era una invitación a saber a donde puede llegar la reproducción musical en un equipo cuando no existe límite presupuestario. Ahí me encontré con los curiosos “relojes de arena” de MBL, de más de 2 metros de altura, increíbles, desconcertantes y en algún momento decepcionantes, según la música que reprodujesen. No están hechos para Pink Floyd o grandes masas orquestales, en mi opinión, pero jamás escuché una guitarra española o una voz lírica sonar como allí lo hicieron. Le siguieron otras marcas con bocinas tan grandes como las chimeneas de un trasatlántico.
Tuvimos la suerte la comitiva de Hifi café, suerte buscada y lograda por Josep, de ser recibidos por el gurú de PS audio o asistir a un recorrido personalizado por las marcas que distribuye Lyric audio. Tal vez nos robó algo de tiempo esta labor, pero considero que fue muy positiva. Luego fueron largas horas de singladura por una jungla de aparatos, siempre atento a los altavoces más que a las electrónicas, aunque fuese imposible apartar la mirada de los giradiscos más asombrosos o de electrónicas de tal belleza como las de Orpheus, por poner un ejemplo.
Hubo salas en las que sólo necesité unos segundos para saber que allí no quería sentarme a escuchar, por el motivo que fuese, y otras en las que no podía dejar de volver. De hecho regresé en dos días posteriores, un par de horas, para repetir experiencia con alguna marca y revisar otras conocidas nunca escuchadas que supe luego, gracias a la revista oficial, que estaban presentes en la feria. Con alguna de estas, por cierto, obtuve una de las mayores decepciones.
Fue por tanto un placer para dos de mis sentidos confirmar la grandiosidad de JBL, el absurdo de unos altavoces Arcam sonando a un volumen desorbitado sin alterarse, la belleza de algunas electrónicas y giradiscos, lo inalcanzable del piso inferior de la feria, la alegría de conocer algún pequeño altavoz terrenal como el de Chesky audio, la elegancia sonusfaberiana de los altavoces de Franco Serblin, del buen hacer de Mofi, Joseph Audio y un largo etcétera imposible de reproducir aquí.
Pude escuchar quizá más de un centenar de altavoces, creo no exagerar. Si no tuviese un límite presupuestario con cuál me quedaría es la pregunta que me hago y tal vez os estéis haciendo vosotros si llegasteis hasta aquí. Los Mágico M6 (creo que este era el modelo), sin ningún lugar a dudas. Escuché en ellos la perfección, me emocioné con la voz en una canción desconocida por mí de Prince, me alteré con la belleza de un contrabajo, con la dinámica, en fin, con todo lo que de aquellos transductores salió. Y en este caso puedo constatarlo gracias a tres escuchas en otros tantos días distintos, porque Mágico me atrajo hacía allí una y otra vez.
Aunque el sobresalto más auténtico vivido en la feria tal vez me lo proporcionase una marca escandinava, una de esas que sin haberlas escuchado uno piensa que seguramente estén sobrevaloradas gracias al marketing. Grabé con mi teléfono todo aquello que llamaba mi atención para luego indagar en internet acerca de los productos expuestos. Al entrar en esta enorme sala de la que os hablo, de unos 150 m², ya me sorprendí con la grandeza de lo que estaba escuchando, así que le di al Rec y me fui aproximando a la fila de altavoces para hacer la captura cercana de aquella mole de cuatro altavoces que tanto me estaba gustando. Mi sorpresa fue mayúscula al comprobar que no era ese sino un pequeño monitor de estantería el que llenaba la sala con una solvencia descomunal. Permitidme no revelar la marca ni el modelo, porque de esta jungla me quedó con varias bestias terrenales a las que darles captura, y no quiero cazadores detrás de esta presa. Os recomiendo que sigáis, eso sí, los pasos de Chesky Audio, que según supimos envían a España sin intermediarios y su precio es realmente asequible para lo que ofrecen.
¿La ciudad de Viena? ¡Ah, sí! Preciosa y monumental.
