SALA, SALA y SALA
Buenas tardes,
Me gustaría compartir con todos una reflexión en voz alta.
Todos tenemos esa “sana” —y continua— preocupación, o mejor dicho, ocupación, por intentar mejorar el sonido de nuestros equipos y disfrutar de la música con la mayor calidad posible.
Pensamos, buscamos, leemos, comparamos, meditamos… y, cuando podemos, ahorramos para ese amplificador, esas cajas, ese cable, ese filtro, esos soportes o cualquier otro cacharro que pensamos que puede aportar ese pequeño —o gran— salto que estamos buscando.
Queremos más nitidez, más detalle, un grave más controlado o más profundo, unos medios más naturales, unos agudos más suaves… En definitiva, buscamos que nuestro equipo suene cada vez más como nos gusta.
Y cuando por fin creemos que lo hemos conseguido… algo vuelve a no cuadrar. 😄
Entonces empezamos otra vez: cambiamos una cosa, probamos otra, leemos diez opiniones más, descubrimos un nuevo componente que “puede ser EL SANTO GRIAL y la solución definitiva” y vuelta a empezar.
Pero creo que todos sabemos, en el fondo, que hay un elemento que permanece siempre ahí, observándonos con absoluta indiferencia y que, nos guste o no, acaba teniendo la última palabra: LA SALA.
Porque podemos engañarnos —y yo el primero— pensando que ese cable, esos soportes o incluso un equipo mejor van a solucionar determinados problemas. Pero hay cosas que ningún cable, por bueno que sea, puede arreglar.
Y para muestra, un botón.
Os dejo las gráficas de mis DALI Oberon y del SVS SB-3000 en mi sala. Fijaos especialmente en la zona de graves, ahí da igual que el cable cueste 50 €, 500 € o 5.000 €.
Por eso, quizá antes de buscar el siguiente cambio en el equipo, merece la pena dedicar un poco de tiempo a conocer qué está haciendo nuestra sala. Porque al final podemos tener el mejor componente del mundo, pero si la sala nos está jugando una mala pasada, ella va a tener siempre la última palabra. 😉
Al fin y al cabo, la sala también forma parte de nuestro equipo.


