Fernando Alvarez Brito
Distinciones
1 distinciónHola, me llamo Fernando, soy uruguayo y tengo 66 años. Lo que sigue es un relato que bien podría ser un cuento, pero es parte de mi "casi audiófila" vida y lo escribí "con el lápiz en una mano y el corazón en la otra". Mi infancia transcurrió en plena "Beatlemanía", en un barrio de clase trabajadora de Montevideo. Allá por 1966, cuando yo tenía unos 8 años, en mi calle vivía una chica llamada Ana María que por aquel entonces tendría unos 18 años. Era tan pero TAN fanática de los Beatles que se le dio por organizar en el garaje de su casa el primer Club de Fans de los Beatles de Uruguay. Como era la única teenager, a ese emprendimiento nos sumamos con muchísimo entusiasmo todos los niños de la calle. Organizábamos rifas, imprimíamos posters, recolectábamos discos de vinilo, etc. Hasta que llegó el día de la GRAN INAUGURACIÓN y en un hermoso gesto nos puso en fila a todos los niños que habíamos colaborado para entregarnos los primeros carnets que nos acreditaban como Miembros Fundadores del club. ¡Qué momento! Cuando llegó mi turno Ana María me dijo: "¿Cuantos años tenías vos, 8 verdad? Tomá, ¡el carnet nro. 8!". Ana María y su Club de Fans de los Beatles marcaron un hito en mi vida, el inicio del gusto por la música. Por otro lado estaba mi tío Nelson, hermano de mamá, a quien todos le decíamos "el petiso" por su baja estatura. El tío petiso era un hombre de mil oficios. Se ganaba la vida como electricista, sanitario, albañil, jardinero o pintor de paredes. En su casa tenía un taller donde además arreglaba de todo: refrigeradores, lavarropas, radios, tocadiscos, televisores, lo que fuera. Era tan habilidoso, como excéntrico y desaliñado. Y el taller era un verdadero caos. Mi tío se parecía un poco a Doc Brown, el de Volver al Futuro, y yo era su Marty McFly pero versión niño. Adoraba pasar horas con él en su taller. Mi tío tenía además dos pasiones: la música y la electrónica para reproducirla. En su taller se había empezado a armar su propio equipo de audio. En un mercado de pulgas había conseguido un par de altavoces full–range Philips de segunda mano y él mismo construyó las dos cajas acústicas de madera donde los instaló. Asimismo, le había comprado una bandeja tocadiscos Garrard a un diplomático inglés que vendió todo cuando tuvo que volver a su país. Yo mismo lo acompañé a buscarla. También se había armado su propio amplificador a válvulas. Pero siempre fue un proyecto inconcluso porque nunca terminaba de perfeccionarlo. Hoy le cambiaba una válvula por otra mejor, mañana le cambiaba una resistencia o un diodo, o mejoraba el diseño de una parte del circuito, siempre en la búsqueda del sonido perfecto. Nunca llegué a ver ese equipo terminado y montado en un gabinete. A mí me parecían piezas sueltas soldadas y tiradas sobre la mesa de trabajo. Eso sí, creo que hasta el día de hoy no he vuelto a escuchar algo que sonara tan bonito como aquel engendro. Mi tío petiso escuchaba todo tipo de música. Igual te escuchaba a Frank Sinatra, el Trío Los Panchos, los Beatles, o los Rolling Stones. Un día le pregunté qué tipo de música le gustaba más y me dijo "cualquiera que suene bien". Mi tío petiso y su equipo de audio casero marcaron el segundo hito en mi vida, esta vez el gusto por el sonido de alta fidelidad. Luego cuando ya era un preadolescente a fines de los '60 vino el Festival de Woodstock y descubrí a Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Carlos Santana, etc. Un poco después, a comienzo de los '70, descubrí el Hard Rock de la mano de Led Zeppelin, Deep Purple, The Who... Y más tarde el rock progresivo de la mano de Jethro Tull, Yes, Emerson Lake & Palmer, Pink Floyd y otros. Mientras mis padres, tíos y abuelos escuchaban música clásica, zarzuelas, tangos, y boleros. Sin embargo, tanto para mí, como para la mayoría de los adolescentes entonces, la única buena música era el rock y todo lo demás era basura. Por aquellos tiempos en mi país prácticamente no se conocía la alta fidelidad. Escuchábamos música en receptores de radio AM con cajas de madera y en aquellos tocadiscos tipo valija que destrozaban los discos de vinilo. Algunas familias un poco más pudientes tenían aquellas consolas con radio AM y tocadiscos automáticos integrados en un solo mueble. El denominador común era que todos sonaban horrible. La FM recién estaba comenzando y muy pocas familias adineradas podían acceder a un receiver. Hasta que un buen día Roberto, un vecino del barrio que era comerciante, fue a USA en viaje de negocios y se trajo el primer equipo de alta fidelidad que vi en mi vida: un Marantz 2230. Su hijo y yo éramos amigos y al salir del secundario nos juntábamos en su casa a escuchar rock en aquella máquina formidable. ¡Cómo sonaba, mamita! Un buen día llegué a su casa antes que mi amigo y estaba Roberto escuchando algo que me puso los pelos de punta y le pregunté: "Roberto, ¿qué es eso que estás escuchando?". Era un tango, "Quejumbroso" interpretado por la Orquesta de Osvaldo Pugliese. Por cierto, aquello no sonaba para nada como los tangos que mi abuelo escuchaba en la radio AM. Y Roberto me dijo con sarcasmo: "¿Viste pibe que el rock no es la única música buena que hay en el mundo? ¿Querés seguir aprendiendo? Volvé mañana a ésta misma hora". Al día siguiente Roberto me dijo: "Hoy vamos a escuchar algo de música clásica", y me puso la "Obertura 1812" de Tchaikovski, la de los cañonazos. Después me puso el "Danubio Azul" de Johann Strauss y me dijo: "Ahora andá al cine y volvé a ver 2001 Odisea del espacio, pero esta vez con otra "cabeza" musical, y después venís y me contás". Aún recuerdo el éxtasis que me provocó esa escena en la que el mono tira el hueso por los aires mientras suena “Así habló Zaratustra” de Richard Strauss, o la del transbordador espacial llegando a la Luna mientras sonaba “El Danubio Azul” de Johann Strauss. ¡Roberto sí que sabía dar golpes de efecto! Luego llegó el día del jazz y para comenzar me hizo escuchar de George Gershwin "Raphsody in blue" y la ópera "Porgy and Bess" cantada por Ella Fitzgerald y Louis Armstrong. ¡Qué manera de hacer la transición de la música clásica al jazz! También me hizo escuchar a Duke Ellington, Charlie Parker, Thelonious Monk y otros que ahora no me acuerdo. Me hizo escuchar también folclore rioplatense, algo que escuchaba mucho mi padre en radio AM. Pero no los conjuntos "comerciales" de aquel entonces, como Los Chalchaleros o Los Fronterizos. Me hizo escuchar a Atahualpa Yupanqui, y me enseñó a prestarle mucha atención a sus letras. Me hizo escuchar también la "Zamba de mi esperanza" de Jorge Cafrune, canción que cantamos hasta el hartazgo en todos los actos patrios en la escuela. Él decía que Jorge Cafrune no tocaba la guitarra, la acariciaba. ¡Y era así! Y fue así que me transformé en un adolescente "raro" (hoy me llamarían freaky) al que le gustaba no solamente el rock como a todos, sino también la música clásica, el jazz, el tango, el folclore, etc. Y todo se lo debo a Roberto que me enseñó que en casi todos los géneros hay música buena, mediocre y mala, y que la virtud está en educar el oído para poder identificar la buena música. Y también se lo debo a su Marantz 2230 que me hizo descubrir todos los sonidos que me habíamos estado perdiendo desde que escuché por última vez el equipo de mi tío petiso. Fue entonces que me prometí a mí mismo que algún día iba a llegar a tener un equipo como aquel. Roberto fue quien marcó el tercer hito, el que unió todo y terminó de desatar mi pasión por la música y los equipos de audio de alta fidelidad. Luego crecí, conseguí mi primer empleo, y pude comprarme mi primer equipo: un modesto JVC MF-33, que era un 3-en-1 que tenía sintonizador AM/FM, tocadiscos y cassette deck. Era lo que me permitía el bolsillo, pero lo disfruté enormemente durante años. Pero siempre con el objetivo de llegar a tener MI Marantz. Pronto me casé y tuve mi primer hijo. Me divorcié, me volví a casar y tuve cinco hijos más. A mi querido JVC MF-33 lo terminaron destrozando mis hijos, y durante muchos años no pude volver a tener otro equipo de música. Criar seis hijos no es tarea fácil, y mucho más en un país pequeño como Uruguay. Cada pesito que mi esposa y yo ganábamos con el sudor de nuestra frente, iba dirigido a darles a ellos las mejores oportunidades que estuvieran a nuestro alcance. Además de las necesidades básicas de vivienda, alimentación, vestimenta, y salud, con mi esposa tomamos la decisión de pagarles a todos la mejor educación posible. Gracias a aquella decisión y a todo el sacrificio que hicimos durante tantos años, hoy algunos de mis hijos ya son profesionales y otros van camino a serlo pronto. Han sido y son años de muchas privaciones, pero nos sentimos muy orgullosos al ver cómo gracias a nuestro esfuerzo hoy se han transformado en excelentes estudiantes, profesionales y trabajadores. Además, dos de mis hijos ya me dieron tres nietos a los que amo con toda mi alma, y son también formidables esposos y padres. Quiero creer que el modelo de principios y valores que mi esposa y yo les trasmitimos tuvo algo que ver. Cuando vino la pandemia yo tenía 62 años, me había quedado sin trabajo y tomé la decisión de jubilarme de manera anticipada, y que pensaba hacerlo a los 65. Cómo ya no tengo la responsabilidad de criar a mis hijos porque son mayores de edad, sólo me queda el placer de disfrutarlos a ellos y a mis nietos, en compañía de mi esposa. Asimismo, cuidé a mis padres en sus últimos años vida con la misma devoción con la que ellos cuidaron de mí hasta que me independicé. Finalmente mi esposa y yo llegamos a esa etapa de la vida en que podemos empezar a darnos algunos de los gustos que postergamos durante tantos y tantos años. El sueño de toda su vida fue salir a conocer el mundo. Sobre todo, quería que la lleve a París, a conocer la casa donde su padre creció y vivió hasta los 18 años. Decidí que mi sueño audiófilo tendría que esperar un poco más, y nos pusimos a ahorrar para realizar ese viaje. A sabiendas de esto, hace aproximadamente un año uno de mis hijos se apareció por casa con tres cajas grandes. Eran un integrado Denon y dos cajas acústicas Monitor Audio que me trajo de regalo. Además, pude comprarme unos auriculares Sennheiser para poder seguir escuchando música "cuando no se puede hacer ruido". Ese es mi setup actual y lo disfruto enormemente. Después de ahorrar mucho por fin pude cumplirle el sueño a mi esposa, así que ahora me voy a poner a ahorrar para ir mejorando de a poco mi equipo de audio. Sigo manteniendo viva la ilusión de algún día poder tener MI Marantz. Amo ese sonido y esa estética. Cuando Francisco del Pozo mostrana su "Reverendo" (un Marantz 2230B) no podía evitar quedar hipnotizado por el embrujo de “esos hermosos ojos azules”. Me recuerda mucho al de Roberto. La historia continúa hace algunos meses atrás, cuando mi hijo, el que me regaló el equipo de audio, se le despertó el bichito de la audiofilia y me vino a pedir consejo porque quería comprarse uno para él. Él siempre escuchó música con auriculares, pero cuando escuchó en mi casa el equipo que él me regaló, tuvo como una epifanía. Me dijo que nunca había experimentado algo así, que era como tener a los músicos en frente. Me comentó que había estado viendo una barra de sonido Bang & Olufsen porque a su esposa le gustaban mucho estéticamente. Yo le dije “What?!” y le aconsejé que si quería algo bonito y que además suene muy bien, que se compre unas KEF LS-50 y un subwoofer de la misma marca, que fue lo que terminó haciendo. Ahora él y su esposa están felices. Él porque tiene algo que suena muy bien, y ella porque además son muy estéticos. Así que le doy gracias a Ana María que despertó en mí el gusto por la música, a mi tío petiso que me despertó el gusto por el sonido de alta fidelidad, y a Rodolfo que lo unió todo y me hizo subir la apuesta. Así llegamos al final, por ahora, de esta historia. Hoy, al igual que Edith Piaf, puedo afirmar que "Non, je ne regrette rien" (No me arrepiento de nada). Si llegaste hasta aquí y no te aburriste antes, te mando un fraternal abrazo desde Montevideo, Uruguay. Saludos, Fernando. (*) P.D. A Edith Piaf también la descubrí gracias a Roberto.
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